Me parece estar viendo un tablero donde las potencias juegan con el destino de todos, como ocurre entre Estados Unidos e Irán.
Observo con preocupación cómo mi realidad se transforma en una puesta en escena de piezas bélicas. Me parece estar viendo un tablero donde las potencias juegan con el destino de todos, como ocurre entre Estados Unidos e Irán. Siento que, aunque se habla de diálogos y propuestas, en el fondo ignoramos las advertencias y nos dejamos arrastrar por una tensión continua que solo evoca los recuerdos más sanguinarios de nuestra historia.
Me niego a aceptar que, en pleno siglo XXI, la guerra sea la única respuesta. Me resulta vergonzoso pensar que los nobles avances que hemos logrado en ciencia y medicina se utilicen ahora para acabar con vidas inocentes con una facilidad aterradora. Para mí, es claro que tras este despliegue de agresividad se esconde una codicia económica insaciable: esa filosofía de «todo para mí y nada para otros» que parece no tener solución fuera de las armas.
Me duele ver cómo el mundo ignora el sufrimiento cotidiano. Veo morir a seres inocentes de hambre, de despojo o por minas, mientras los focos del poder solo se activan cuando sus intereses económicos están en riesgo. Me pregunto constantemente: «¿Cómo podemos permitir este derroche en la industria de la muerte cuando faltan recursos para salud y vivienda?». Es un hecho que considero indigno y censurable.
Estoy convencido de que es hora de que el colonialismo desaparezca de mi vista y de la faz de la tierra. Debemos trabajar por un mundo donde quepamos todos. Entiendo que nuestra verdadera lucha no es por el control territorial, sino contra enemigos invisibles como el cambio climático y las enfermedades, los cuales —para mi sorpresa— también han sido convertidos en un negocio por las grandes industrias.
Como parte de esta sociedad universal, me siento en la obligación de protestar y reclamar mi derecho a la vida. Al saber que compartimos un mismo genoma, me identifico con el resto de la humanidad como una sola familia. Por eso, exijo a los líderes del mundo que dejen de lado su egoísmo. Les advierto que, en caso de una hecatombe provocada por sus intereses, ni ellos mismos quedarán para semilla.
