En una esquina emblemática de La Candelaria, la Casa de la Moneda custodia su legado histórico bajo la vigilancia de su icónico y antiguo reloj. Este recinto, pilar de la memoria museística, se erige como una joya arquitectónica donde el tiempo parece detenerse frente al transeúnte.
Rodrigo Dueñas
Especial
Primicia Diario
Bajo un cielo plomizo y la caricia de una lluvia gélida, La Candelaria despliega su herencia entre adoquines húmedos. El frío envuelve cada esquina histórica, mientras la discreción del teléfono móvil se convierte en el aliado perfecto para capturar el alma del barrio. Sin el peso de grandes equipos, cada rincón se guarda con elegancia entre una fotografía y el bolsillo. Es el arte de transitar como un fantasma observador por la memoria viva de la ciudad.
El Palacio de San Francisco y la arquitectura circundante enmarcan la Avenida Jiménez, creando una postal icónica donde el Transmilenio fluye entre el patrimonio bogotano. Esta esquina fusiona el pulso vibrante de la ciudad moderna con la elegancia histórica de sus edificios más emblemáticos.
En el corazón de la Plaza de Bolívar, las palomas invitan a un encuentro cercano y lúdico, posándose con confianza incluso sobre los niños. Estas aves, habitantes incondicionales del centro, transforman el gris del suelo en una postal viva de interacción y asombro espontáneo.
En la vibrante Esquina de la Pintura, los viajeros descubren un crisol de lienzos que capturan la esencia artística y la diversidad cultural de las regiones colombianas. Es el refugio predilecto para quienes buscan transformar la memoria del viaje en una pieza de arte tangible y llena de identidad.
Bajo el frío persistente de la Plaza de Bolívar, el paletero desafía el clima con optimismo, ofreciendo su dulzor entre la multitud que transita el centro del poder. Su figura se vuelve un símbolo de calidez y resiliencia en medio del gris arquitectónico y la solemnidad política de Colombia.
La identidad de La Candelaria cobra vida en sus fachadas coloniales, donde el arte urbano rinde homenaje al reino animal con murales vibrantes y llenos de simbolismo. Estas antiguas casonas transforman el patrimonio arquitectónico en una galería a cielo abierto que celebra la fauna y la esencia mística del barrio.
El emblemático septimazo se transforma en un tablero vivo donde el ingenio se cita a diario, reuniendo a transeúntes en intensas partidas de ajedrez callejero. Sobre el asfalto de La Candelaria, el silencio estratégico de los jugadores contrasta con el bullicio urbano, creando un rincón de culto al pensamiento.
Las llamas, convertidas en iconos del paisaje de La Candelaria, posan con elegancia para regalar a los visitantes un retrato inolvidable y autóctono. Su presencia añade un matiz andino y pintoresco al recorrido, fusionando la naturaleza con la arquitectura colonial en cada fotografía.