El escenario nacional ha sido moldeado por hilos invisibles de poder que utilizan el terror, la incertidumbre y la miseria como herramientas para perpetuar la corrupción y el control social.
Colombia atraviesa una crisis existencial profunda originada en la violencia política de mediados del siglo XX, una patología social que sembró odio, desesperanza y desplazamientos masivos. Esta cadena de hostilidad creció bajo la mirada indiferente de una sociedad que no supo ofrecer el diálogo necesario, permitiendo que grupos armados tomaran la justicia por mano propia y consolidaran dominios territoriales difíciles de erradicar.
A través de las décadas, la apatía colectiva y la ambición de políticos corruptos, terratenientes y actores extranjeros han convertido al país en un escenario de impunidad donde se eliminan liderazgos transformadores. En este complejo panorama, hilos invisibles de poder manejan los destinos de la nación, dificultando cualquier intento de solución verdadera y perpetuando un sistema que favorece intereses particulares sobre el bienestar general.
El miedo y el terror han sido utilizados como herramientas para imponer la corrupción, debilitando la fe del pueblo en un cambio social justo y fomentando la abstención democrática. Este caos deliberado justifica medidas políticas fallidas que solo profundizan la miseria y la desconfianza, mientras el despojo de tierras y el clientelismo sirven para enriquecer a las élites y a las transnacionales a costa del sufrimiento de la población.
Finalmente, el autor propone que la superación de esta degradación ética y moral solo es posible mediante un diálogo honesto que rescate la verdad y permita la reparación de las víctimas. Es imperativo abandonar las doctrinas del odio para invertir en el desarrollo social y humano, deteniendo el robo de los recursos públicos y recuperando el respeto por las leyes, con el fin de salir, de una vez por todas, de esta eterna encrucijada histórica.
