La historia del ser humano es la crónica de su constante asimilación y adaptación al entorno. Sin embargo, el ascenso civilizatorio que hoy admiramos se encuentra empañado por un desequilibrio sistémico donde los logros de la humanidad son monopolizados por minorías, condenando a las mayorías a la exclusión. En este escenario, la globalización, que se presentó originalmente como una «luz de esperanza» para las naciones en desarrollo, ha resultado ser una paradoja que, lejos de iluminar el camino, ha sumido a los países emergentes en una nueva forma de ilusión y abandono.
Ante este reto desigual, naciones como Colombia están obligadas a realizar una autocrítica profunda sobre las causas de su estancamiento. Tal como lo percibe el presidente Gustavo Petro, es imperativo implementar cambios fundamentales que corrijan los vicios del pasado. La clave reside en una educación que fomente, desde la temprana edad, el sentido de pertenencia y el orgullo por lo propio, protegiendo el patrimonio cultural y ecológico frente a la «aculturación salvaje». Solo mediante el fortalecimiento de la identidad se podrá evitar que la población sucumba a la pérdida de sus raíces en un mundo vertiginosamente globalizado.
El progreso real demanda la transición de una economía de materias primas a una sociedad del conocimiento. Hispanoamérica no es pobre, sino que ha sido «alienada bajo esa idea desde la conquista»; posee un caudal inmenso en biodiversidad y minerales que, por falta de capacitación técnica e investigación, termina beneficiando a potencias extranjeras. Urge, por tanto, una inversión masiva en ciencia, tecnología e investigación agrícola para transformar la mentalidad del estudiante, preparando líderes capaces de innovar desde sus propios recursos y evitar una «nueva oleada de reconquista» basada en la invasión comercial y la apropiación de los ecosistemas.
Finalmente, este proyecto de nación solo es viable bajo las premisas de la ética, la justicia social y la paz. La academia tiene la responsabilidad ineludible de formar profesionales con valores y visión crítica, integrando el arte, el deporte y los saberes ancestrales como mecanismos de catarsis y salud mental. Es momento de que nuestros pueblos recobren la confianza en sus propias capacidades, innovando desde un estilo propio y asumiendo que el porvenir no debe ser un motivo de incertidumbre, sino el resultado de una gestión soberana, inteligente y comprometida con el bienestar de las generaciones venideras.

