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La metamorfosis de Nariño: EL ADIOS A LA COCA

«Una cosa es sacarle la coca al campesino a la fuerza y otra sacársela de la mente. Cuando usted logra sacarla de su mente, está razonando para no volver».

 

 

Primicia Diario

En las profundidades del Pacífico nariñense, donde los ríos son las únicas venas que conectan a la civilización con el olvido, se está gestando una revolución silenciosa. Entre las veredas de Pumbí las Lajas, en Roberto Payán, y Vuelta Larga, en Tumaco, el verde intenso de los cafetales y cacaotales comienza a devorar el rastro de la hoja de coca. No es solo un cambio de paisaje; es, como dicen sus protagonistas, «un adiós definitivo a los lastres de la violencia».

Evaristo, Yubán y Gustavo representan tres generaciones marcadas por el mismo estigma. Para Evaristo, a sus 62 años, la coca nunca fue una elección, sino la única respuesta ante la ausencia del Estado. «Nadie ha dicho que vivir de la coca sea fácil», confiesa con la sabiduría que dan dos décadas de zozobra, asegurando que hoy prefiere la escasez de la legalidad que vender su tranquilidad, un bien que califica como «invaluable».

Del fusil a la azada

El cambio ha llegado de la mano de estrategias estatales que parecen haber entendido que la erradicación forzada solo dejaba heridas. A través de programas como «RenHacemos» y «Erradicar para la Paz», se han conformado cuadrillas comunitarias que logran en un día lo que a un campesino le tomaba un mes: limpiar una hectárea de raíz. En Tumaco, la cifra es contundente: más de 2.200 familias han transformado 7.000 hectáreas de cultivos ilícitos en despensas de cacao, limón y ají.

Para los jóvenes como Yubán, quien vio truncado su sueño de ser policía por problemas de salud, la erradicación voluntaria es un acto de servicio a la sociedad. Atrás quedaron los años de fumigaciones aéreas que, según relata, «además de afectar el medio ambiente, nos quitaban la forma de sustentar a nuestras familias». Hoy, el sudor de la jornada no es por miedo, sino por la esperanza de un producto que no traiga sangre consigo.

Una sentencia de paz

La verdadera victoria no se mide en hectáreas blancas, sino en la mentalidad de quienes habitan la tierra. Gustavo, líder comunitario y agricultor de vocación, sentencia con una claridad meridiana la clave de este proceso: «Una cosa es sacarle la coca al campesino a la fuerza y otra sacársela de la mente. Cuando usted logra sacarla de su mente, está razonando para no volver».

Mientras la lluvia arrecia en el Pacífico, el sonido de las matas arrancadas marca el ritmo de una nueva era. En Nariño, el paradigma se ha roto; los campesinos han comprendido que, después de Dios y la vida, lo más sagrado es la tierra, y que una tierra limpia es el único camino hacia una paz que no sea efímera.