El cerebro enamorado es un órgano bajo el dominio de una poderosa tormenta química.
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El enamoramiento, lejos de ser un simple arrebato del espíritu, se revela ante la ciencia como uno de los estados fisiológicos más vigorosos y complejos de nuestra especie. Los últimos hallazgos en neurociencia y psicología evolutiva sugieren que este fenómeno no debe entenderse meramente como un sentimiento, sino como un proceso neurobiológico con características idénticas a las de una adicción transitoria. En esencia, el cerebro enamorado es un órgano bajo el dominio de una poderosa tormenta química.
Esta metamorfosis interna se rige por tres ejes fundamentales. En primer lugar, el sistema de recompensa se inunda de dopamina, provocando una euforia y un foco atencional que los expertos comparan con los efectos de ciertas sustancias estupefacientes. Simultáneamente, los niveles de serotonina sufren una caída drástica, similar a la observada en pacientes con trastornos obsesivo-compulsivos, lo que explica la naturaleza intrusiva y «monotemática» del pensamiento hacia el ser amado. Finalmente, la desactivación de la amígdala —responsable del juicio crítico— sustenta científicamente el adagio de que «el amor es ciego», al anular nuestra capacidad para percibir los defectos ajenos.
Sin embargo, este estado de embriaguez biológica tiene una fecha de caducidad necesaria. Estudios liderados por figuras como la antropóloga Helen Fisher indican que el enamoramiento suele durar entre 18 meses y 3 años, un periodo que responde al desgaste energético masivo que el cuerpo debe soportar. Biológicamente, este lapso es el «margen de supervivencia» diseñado para que una pareja establezca vínculos de cuidado. Si la relación perdura, la dopamina cede su lugar a la oxitocina y la vasopresina, hormonas que transforman la pasión frenética en un «amor compañero» basado en la estabilidad y el apego profundo.
Para quienes buscan mitigar un enamoramiento perjudicial o no correspondido, la ciencia prescribe un protocolo de abstinencia. El «contacto cero» actúa como una desintoxicación química necesaria para normalizar los circuitos de recompensa, mientras que la reevaluación cognitiva —el esfuerzo consciente por rescatar los rasgos negativos de la persona— permite reactivar las funciones críticas de la amígdala. Entender que el enamoramiento es, en términos técnicos, un «estado de estrés agudo» con niveles elevados de cortisol, permite afrontar su final no como una pérdida metafísica, sino como la necesaria recuperación del equilibrio biológico.
El «contacto cero» actúa como una desintoxicación química necesaria para normalizar los circuitos de recompensa, mientras que la reevaluación cognitiva —el esfuerzo consciente por rescatar los rasgos negativos de la persona— permite reactivar las funciones críticas de la amígdala.