En 2026, el expresidente ya no pone presidentes con un simple guiño; ahora lucha por mantener la cohesión de su propia bancada.
Javier Sánchez
Política
Si Álvaro Uribe no logra superar el umbral del puesto 25, Colombia no estará asistiendo a su retiro, sino a su transfiguración política. El líder que ya no legisla se convertirá en el profeta que agita las conciencias desde la periferia del poder oficial. Para el Centro Democrático, su ausencia representa un desafío de identidad sin precedentes; para la nación, es la confirmación definitiva de que la política colombiana ha comenzado a conjugar su tiempo futuro prescindiendo de su protagonista más influyente del siglo XXI.
La proyección estadística que sitúa al expresidente Álvaro Uribe Vélez en una zona de incertidumbre electoral —ubicado estratégicamente en el renglón 25 de la lista cerrada del Centro Democrático— plantea un escenario de «orfandad política» y una reconfiguración drástica de las jerarquías en el poder legislativo. Este fenómeno, que trasciende el simple dato numérico, marcaría el fin de la presencia directa del «Gran Elector» en el recinto donde, desde 2014, ha librado sus batallas ideológicas más encarnizadas.
«Efecto Martillo»
Irónicamente, la exclusión de Uribe del Senado de la República podría potenciar su estatura como símbolo fuera del escenario institucional. Diversos analistas sugieren que su eventual no elección —enmarcada en un contexto de procesos judiciales persistentes— sería capitalizada bajo una narrativa de «persecución política», transformando la derrota en una herramienta de cohesión.
Al no estar sujeto a la disciplina legislativa ni a las formalidades del reglamento del Congreso, Uribe recuperaría una libertad de palabra absoluta. Esta condición le permitiría actuar como un mentor externo con capacidad de unificar a las vertientes de la derecha desde la movilización de base, despojado de las limitaciones del pupitre senatorial.
El relevo del pararrayos
Sin la figura de Uribe para absorber la presión política en el recinto, el protagonismo de la oposición se verá inevitablemente fragmentado entre figuras con aspiraciones presidenciales. Voces como las de Paloma Valencia y Andrés Forero dejarían de ser percibidas como «escuderos» para asumir el rol de directores de orquesta en el debate nacional. Este relevo generacional obligará a la colectividad a definir una encrucijada existencial: mantener el legado dogmático o transitar hacia un «post-uribismo» de corte más técnico o, posiblemente, más radical.
No obstante, el vacío estratégico que dejaría el expresidente es, hasta ahora, irreemplazable. Su destreza para concertar con las fuerzas tradicionales —partidos Liberal y Conservador— en los pasillos del Capitolio ha sido un dique de contención fundamental. Su ausencia podría erosionar la capacidad de la derecha para frenar las reformas de gran calado del Ejecutivo mediante los complejos acuerdos de la mecánica legislativa.
Equilibrio de poderes
Un Senado en 2026 carente de la figura de Uribe perdería su contrapeso simbólico más relevante frente a la hegemonía del Pacto Histórico. Para un sector de la academia, este vacío podría despersonalizar la confrontación política, permitiendo que el debate legislativo evolucione hacia una discusión más técnica y menos pasional. Sin embargo, otros advierten que la falta de un líder unificador en la derecha podría derivar en un «caos opositor», escenario que facilitaría el trámite de proyectos gubernamentales ante la ausencia de una contraparte cohesionada.
El ocaso de Uribe no es el fin de su influencia, sino el fin de su infalibilidad. En 2026, el expresidente ya no pone presidentes con un simple guiño; ahora lucha por mantener la cohesión de su propia bancada. Si no logra entrar al Senado, pasará de ser el ‘jugador estrella’ a ser el ‘director técnico’ desde su hacienda El Ubérrimo. Es el paso de la política de ejecución a la política de opinión y mentoría
Sin la figura de Uribe para absorber la presión política en el recinto, el protagonismo de la oposición se verá inevitablemente fragmentado entre figuras con aspiraciones presidenciales.