Opinión, TOP

El oscuro negocio de los «realitys» en la televisión privada: PAN Y CIRCO

El negocio de los reality shows es una industria global multimillonaria  basada en bajos costos de producción y altos retornos de inversión. 

 

 

José Douglas Lasso Duque

Los medios de comunicación representan un recurso de incalculable valor para mantener a la sociedad en red, permitiendo el flujo inmediato de información desde los rincones más remotos del globo. Sin embargo, este poder conlleva un gravamen ético: la frecuencia con la que la información es tergiversada para confundir a la audiencia. Esta tendencia es especialmente evidente en las cadenas privadas, propiedad de magnates que, en muchos casos, ni siquiera residen en el país. Resulta mezquino jugar con la credibilidad del ciudadano para proteger intereses económicos ajenos a la realidad nacional.

Este aparato informativo ha traspasado la frontera de lo íntimo. Lo que antes pertenecía exclusivamente al fuero interno del hogar, hoy es transgredido por el lente de una cámara o un celular que captura, con una licencia moral cuestionable, la privacidad del sujeto. Esta «transformación» social ha creado un imaginario innovador pero peligroso, donde las emociones se manipulan con fines mercantilistas o proselitistas, convirtiendo la sensibilidad humana en un producto de consumo o en un anzuelo para captar votantes.

En su afán por satisfacer la voracidad de una audiencia habituada al hedonismo, la televisión privada utiliza acciones perversas que explotan la miseria. Los «realitys» en Colombia aplican estrategias psicológicas sobre gente humilde que, impulsada por la necesidad, se somete a desafíos que rozan la barbarie: hambre, tensión extrema y abuso físico. Cientos de jóvenes se inscriben en estos formatos con la quimera de solucionar sus tragedias familiares, exponiendo su infortunio ante las cámaras a cambio de premios que solo alcanzan a unos pocos, dejando al resto en la misma desventura inicial.

Estas experiencias «a lo criollo» son copias fieles de modelos extranjeros, adaptadas aquí con una crudeza particular. El objetivo es mantener las altas tarifas de pauta comercial mediante el espectáculo del dolor ajeno; la audiencia encuentra un placer culposo en la tensión del competidor que sufre. Así, el país utiliza a sus habitantes como «actores burlados» en su propia desgracia, atrapando al televidente en una trama de angustia incitada por presentadoras que venden un sueño cada vez más esquivo.

Este fenómeno evoca los circos de la antigua Roma, donde el pueblo oprimido descargaba sus frustraciones viendo al esclavo enfrentarse a la bestia. Aunque los siglos nos separen, el objetivo es idéntico: ofrecer un espectáculo dantesco para entretener a una masa cuyas necesidades básicas no están cubiertas. En Colombia, nada es inocente; este tipo de entretenimiento funciona como una «anestesia social» diseñada para ocultar la corrupción, la barbarie de la guerra y la impunidad que nos sitúa en los primeros puestos mundiales de injusticia y violencia.

Es imperativo cuestionar estos eventos programados que buscan evitar el debate crítico y la confrontación de nuestra realidad. Mientras la nación se debate entre la miseria y la esperanza, estos programas actúan como distractores de la crisis institucional. En esta rica y bella Colombia, por la que el presidente Gustavo Petro Urrego busca dejar mejoras estructurales, el primer paso para el cambio es despertar de la hipnosis mediática que pretende ignorar nuestra cruda realidad nacional.