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Psicología: ANSIEDAD POR LA COMIDA

¿Siente que una voz en su cabeza le mide la cintura con la mirada después de cada bocado?

 

 

Nataly Moreno Arce

Psicóloga 

 

Si mientras lee estas líneas busca algo «crujiente» o «dulcecito» para llenar un vacío que claramente no es gástrico, bienvenido al club. No se juzgue; si el brócoli curara la angustia, todos tendríamos abdominales de acero. Pero aquí estamos, negociando con un paquete de galletas a las diez de la noche, protagonizando ese ritual silencioso frente a la luz fría de la nevera abierta.

¿Alguna vez ha buscado algo sin saber qué busca, pero con la certeza absoluta de que algo falta? Existe un «spoiler» terapéutico que conviene digerir: muchas veces no es hambre; es hambre de calma, de contención o de permiso. Pero como el amor no viene en empaque al vacío, terminamos devorando el paquete completo «para no dejarlo abierto».

El confesionario que nadie pidió

La relación entre lo que nos llevamos a la boca y la figura que nos enseñó a gestionar nuestras emociones es, casi siempre, un cordón umbilical de azúcar. Para muchos, la madre fue la primera que calmó con comida, premió con dulces o silenció crisis con un «coma algo y se le pasa». En ese instante, el cerebro graba un cortocircuito peligroso: sentimiento incómodo igual a carbohidrato de rescate.

No es debilidad de carácter; es aprendizaje temprano. A veces no tenemos hambre de chocolate, tenemos hambre de los límites que no pudimos poner, de la validación que faltó, o simplemente estamos masticando la rabia que nos dejó un comentario pasivo-agresivo escuchado horas antes.

¿Tiene su ansiedad un sello materno?

El «hambre emocional» suele dejar huellas dactilares que podemos identificar. Vale la pena hacer un inventario honesto:

¿Siente que una voz en su cabeza le mide la cintura con la mirada después de cada bocado?

¿Come a escondidas para evitar el juicio ajeno?

¿Usa la comida como el único premio posible tras un día nefasto porque siente que nadie más reconocerá su esfuerzo?

La ansiedad por la comida es, con frecuencia, un intento desesperado de nuestro niño interior por sentirse nutrido. Si el afecto estuvo condicionado al peso o al comportamiento, la comida se convierte en la «madre perfecta»: siempre está ahí, no critica y ofrece un placer instantáneo que no pide nada a cambio.

Sanar no es prohibir

Sanar nuestra relación con el plato no consiste en erradicar las harinas, sino en dejar de pedirle a una empanada que nos dé el abrazo que no recibimos. El camino hacia la libertad alimentaria empieza por la pausa consciente.

Antes de morder, conviene preguntar: «¿A quién quiero morder realmente? ¿Qué vacío estoy intentando tapar?». Si la respuesta es una emoción —soledad, estrés o culpa—, la comida no es la medicina, es solo un apósito para una herida que requiere otra cura.

Escribir nuestra historia con la comida, recordar las frases que se decían en casa sobre el cuerpo y elegir acciones alternativas —una respiración profunda, una bebida caliente o simplemente decirse frente al espejo: «Hoy me nutro yo»— son actos de rebeldía frente a la herencia emocional.

Al final del día, el sistema nervioso prefiere saber que nosotros estamos al mando. Ser un adulto funcional significa entender que ya no necesitamos permiso de nadie para ser suficientes, y que la paz mental, a diferencia de las galletas, no se acaba cuando el paquete queda vacío.