Primicia diario
El estado de Chihuahua se encuentra nuevamente en el epicentro de lo inexplicable. Lo que en la década de los ochenta se catalogó como un episodio aislado de folclore ufológico, ha resurgido en pleno 2026 con una virulencia que desafía a la ciencia moderna. El enigma de los «hombrecillos de Meoqui» ha dejado de ser una simple leyenda urbana para convertirse en un expediente multidisciplinario donde la criptozoología y los avistamientos de fenómenos no identificados convergen en un escenario de auténtico desconcierto.
El origen de este mito se remonta al 27 de octubre de 1987, en el sector conocido como «El Campamento». En aquel entonces, un grupo de niños describió el encuentro con entidades de escasos veinte centímetros, de tez grisácea y ojos desproporcionados, que emergían de las grietas del suelo emitiendo un zumbido eléctrico. Sin embargo, los reportes actuales en Meoqui y Delicias sugieren una transición de la mera curiosidad a una hostilidad manifiesta. Los testimonios coinciden en una «interacción engañosa», donde los seres atraen a los menores mediante movimientos rítmicos, dejando a su paso lesiones perturbadoras: quemaduras circulares y heridas de lenta cicatrización que los especialistas vinculan a posibles rastros de radiación o agentes químicos exógenos.
La tecnología de nuestra era ha añadido una capa de evidencia escalofriante al misterio. Diversas grabaciones obtenidas mediante dispositivos móviles han captado lo que la comunidad describe como «voces robóticas», frecuencias metálicas que parecen articular un dialecto ininteligible. Ante este panorama, ha cobrado fuerza la hipótesis del «mundo intraterreno», la cual sugiere que estas criaturas no son visitantes estelares, sino antiguos habitantes de las profundidades del desierto chihuahuense, expulsados hacia la superficie por recientes movimientos tectónicos o la agudización de la sequía.
Mientras la postura oficial de las autoridades oscila entre el escepticismo y la cautela, calificando los eventos como una «histeria colectiva», el incremento del patrullaje en las zonas periféricas cuenta una historia distinta. La población local, sumida en un «temor ancestral», ha comenzado a instalar sistemas de vigilancia de alta sensibilidad, intentando capturar la imagen definitiva de estos «chaneques tecnológicos». En Meoqui, la frontera entre el mito y la realidad parece haberse desvanecido, dejando tras de sí una pregunta que inquieta a México y al mundo: ¿qué es lo que realmente se oculta bajo el polvo del desierto?
Los testimonios coinciden en una «interacción engañosa», donde los seres atraen a los menores mediante movimientos rítmicos, dejando a su paso lesiones perturbadoras: quemaduras circulares y heridas de lenta cicatrización que los especialistas vinculan a posibles rastros de radiación o agentes químicos exógenos.
