Homenaje a las víctimas del Palacio de Justicia con una llama permanente
En 1982, Belisario Betancur Cuartas había sido elegido Presidente de la República y hacía ingentes esfuerzos por consolidar una paz con las guerrillas. Había nombrado en su gabinete al General Fernando Landazabal Reyes como Ministro de Defensa Nacional, al General Rafael Samudio Molina, Comandante del Ejército y al General Víctor Alberto Delgado Mallarino como Director de la Policía Nacional.
Para 1985 las guerrillas del M-19 habían decidido dar un golpe contundente, tipo Jaime Bateman, cuya espectacularidad debía ser total y los colocara cerca de la toma del poder:
«A finales del mes de mayo de 1985 nos encontrábamos detrás de la hacienda Nápoles, en un caserío cercano llamado Estación Cocorná, varias personas en una mesa; entre ellas, Pablo Escobar, Fernando Galeano, Albeiro Areiza, Guido Parra, Fidel Castaño y yo (Carlos Castaño Gil). De esa reunión existen dos testigos más, que aún viven.
Pablo citó a mucha gente ese día, y cuando él citaba, se asistía o se asistía. En otra oportunidad convocó a un gobernador de Antioquia, a un alcalde y a un coronel de la Policía de Medellín. Se presentaban y punto. Así eran las cosas con Pablo Escobar en aquella época.
Carlos Pizarro, el entonces comandante del grupo guerrillero M-19, aterrizó en la Hacienda Nápoles, procedente de las montañas del Cauca. Antes de arribar el hombre grande del «M,» como le decía Escobar a Pizarro, el capo nos informó sobre las razones que habían motivado la reunión. Se acercó a mi hermano Fidel y comenzó a hablar: «Plantearemos aquí una cosa seria, hombre Fidelio. Como quiera que sea, la extradición está caminando y nos están jodiendo. Vamos a hacer una vuelta y aquí todos tenemos que colaborar. Nos encontramos en la obligación de hacer algo para salvarnos. Existen unos procesos jurídicos muy fuertes contra nosotros en el Palacio de Justicia. Es necesario borrarlos y no dejar huella de nada ante la ley. Tendrán que comenzar de cero y al obtener nosotros poder, nadie se atreverá a denunciarnos».
Fidel contestó: «Listo. Yo pongo unos fusilitos para lo que se necesite». Y Escobar replicó: » Yo pongo la plata».
Así fue como se acordó en presencia mía, nada más y nada menos que la toma del Palacio de Justicia.
Carlos Pizarro llegó a la reunión acompañado de un hombre que hasta hoy es una incógnita para mí. El comandante guerrillero no llevaba su famoso sombrero blanco sino una gorra. Tras unas gafas oscuras ocultaba su mirada. Se acercó a la mesa y nos saludó con un corto gesto y una venia que reflejaba su incomodidad por nuestra presencia. Escobar lo saludó y Pizarro le manifestó al oído su interés de no hablar frente a tanta gente: «Señor -así le decía Pizarro a Pablo- preferiría tratar con usted en privado». Escobar contestó en un tono fuerte y desabrochado, más paisa que nunca:
«No, hombre. No te preocupes que estos son como de la familia. No hay problema». Pizarro le insistió: «Yo sí le solicito que sea más privado». «Venga pues, sentémonos allí», le contestó Escobar mientras nos llamaba a uno por uno: «Vení, fulano, sutano, perencejo…». Pablo no seleccionó a ninguno y nos pasamos los mismos para el otro lado.
En la reunión no se habló nada de logística o táctica. Resultó una congregación de poder donde se analizaron las consecuencias de lo que se efectuaría. Hablaba Pizarro y recuerdo que el enigmático hombre sólo aprobaba con un corto movimiento de cabeza lo que se decía pero, al manifestarse una propuesta, intervenía como si participara de la parte operativa: «Eso tiene sus vainas con los muchachos», repitió varias veces.
El estafeta de Pizarro nos dijo a todos algo que me llamó la atención: «No todo el «M» sabe de esta operación. Eso está claro». Años más tarde, me enteré de que aquello no lo conocían varios miembros del M-19, personas honestas como Navarro Wolff, Gloria Quiceno y Vera Grabe. Además de muchos otros. De Otty Patiño mejor no opino ni para bien ni para mal. Esa tarde se definieron las misiones y la recompensa por la acción. Estas fueron las palabras de Pizarro: «Un millón de dólares para el M-19 por eliminar al presidente de la Corte Suprema de Justicia, Alfonso Reyes Echandía y un millón de dólares adicionales por destruir todos los archivos». Paso a paso, el abogado Guido Parra les explicó dónde encontrar los archivos a quemar. Pizarro enfatizó en la forma de proceder a la Sala donde se mantenían los procesos de extradición contra Pablo Escobar. Recuerdo, como si fuera ayer, a otro narco que se levantó molesto diciendo: «¿Bueno, se van a tomar el Palacio o solamente la sala donde archivan los procesos del patrón?»
Ahí intervino nuevamente el hombre que acompañaba a Pizarro: «No, no, no… Un momento. También es posible incinerar lo de él». Por esto recibieron trescientos mil dólares más. Las armas que puso Fidel Castaño para la toma del Palacio, las entregué yo. Se les dieron dos metras; una MP5, un AR-15, un M-16 y otros fusiles. Escobar puso las armas cortas, granadas y dinamita. Esta última no sé para qué. En ese momento, para Carlos Pizarro yo no era nadie. Recuerdo que le dijo a Pablo: «Señor, yo creo que más adelante el tema de la extradición en Colombia lo arreglamos con la gente de la UP». Escobar le replicó: «Ese movimiento político nació muerto. Los que no se baje «El Mexicano» por el robo que le hizo las FARC, los acaba este pelao…». Pablo me señaló y Pizarro me miró sin darme ninguna importancia.
De ahí nació mi sobrenombre de «Pelao». Muchos comandantes de los más antiguos aún me dicen así. Claro que entre ellos o en privado. Por ahí me dicen también «Piquiña» por lo hiperactivo. Ellos creen que no me doy cuenta.
Después de la toma del Palacio, Pizarro mantuvo relación con Pablo durante mucho tiempo, hizo para él varios secuestros y Escobar lo invitó a exportar cocaína en varios embarques de droga que salían por Panamá hasta La Habana.
Nosotros también mantuvimos relación con Escobar pero con una diferencia: ¡Jamás fuimos mercenarios de Pablo! Mi hermano y yo nos convertimos en sus peores enemigos. Al comprender que acabar con el monstruo de Escobar se demoraría, decidimos eliminar a su engendro, Carlos Pizarro. Esa acción se acordó con un grupo de civiles antisubversivos entre los que estaba yo; existía lo que se llama paramilitares. Aquel día nos acompañaba un hombre prestante que había perdido en el Palacio de Justicia a un ser querido en primer lazo de consanguinidad.
Nosotros pensábamos que Pizarro era un tipo rescatable y que el país necesitaba una tercera fuerza política en la que la gente pudiera creer, pero mientras Pablo Escobar viviera no sucedería. Pizarro se convirtió en candidato a la presidencia con un gran apoyo popular, pero Pablo lo mantenía chantajeado y extorsionado. Escobar tendría un idiota útil en la presidencia o en el cargo que alcanzara, en alguna componenda política. Creo que Pizarro fue otra de las víctimas del narcotráfico. Era un hombre con talante a quien le tocó optar por ahí, quizás, por la falta de plata y en contra de su voluntad. Es que el dinero del narcotráfico destruye y corrompe lo que sea. Siempre aparece cuando se necesita y surge como por arte de magia.
La muerte de Carlos Pizarro fue una ejecución extrajudicial, que tuvo que hacerse para conservar un país. La perdición del M-19 fue Pablo Escobar, como lo fue el comunismo para el otrora liberal Manuel Marulanda, el comandante de las FARC. Mire cómo es la vida. Cuando él comenzó, su primera organización se llamaba «Autodefensa».
Suspendamos ahí, periodista. Más adelante contaré cómo fue el operativo de la muerte de Pizarro, uno de los más duros pero limpios que he realizado en mi vida.
Apagué mi grabadora y Castaño se marchó agotado hacia su cuarto. Yo quedé de una sola pieza. Durante el relato reservé las preguntas para después y no lo interrumpí porque cada dato, cada nombre que aparecía era una revelación para el país y su vergonzoso aparato judicial. Mi silencio, producto del asombro que me embargaba, tenía una explicación. Acababa de conocer la confesión sobre uno los secretos mejor guardados de Colombia en los últimos quince años.
Tomé lo que quedaba de mi café y caminé lentamente hacia la escalera que conducía a una pequeña terraza improvisada sobre el techo de un tanque de agua. Desde allí se divisan las incontables montañas de Antioquia. Me senté en una banca de madera y comencé a atar cabos: antes de iniciar las veintiocho horas de horror en la toma del Palacio de Justicia, el seis de noviembre de 1985, el maestro Reyes Echandía era hombre muerto; la invaluable vida del presidente de la Corte Suprema de Justicia ya se había negociado entre Pablo Escobar y Carlos Pizarro. «Un millón de dólares valía la cabeza de Reyes Echandía», confesó Castaño. Por consiguiente, el inolvidable jurista no murió por el fuerte operativo militar del Ejército contra los guerrilleros o la falta de negociación del gobierno del presidente Belisario Betancur. Tal vez los otros once magistrados titulares y los seis auxiliares que perecieron en la toma se hubieran podido salvar con un manejo distinto de la desafortunada acción guerrillera. Lo impresionante es que esta versión concuerda con la del hijo del presidente de la Corte, Yesid Reyes, a quien consulté para obtener otra fuente y constatar lo dicho por Castaño.
Semanas después de la muerte de su padre, en el trajinar de su vida laboral como penalista, conoció la misma historia proveniente de otro de los testigos de aquella triste alianza.
La financiación del próximo golpe del «eme» estaba completa. Ellos destruirían los archivos sobre extradición que cursaban en la Corte Suprema de Justicia y acusarían al gobierno de traición a la «Paz» por el rompimiento de la tregua.
Alvaro Fayad había organizado desde junio el plan, con el fin de capturar y secuestrar a los 24 magistrados, con los siguientes objetivos: el interés oculto en destruir los archivos a favor del narcotráfico; una demanda armada contra el régimen por traición a la paz; juzgar el gobierno por traicionar los pactos de Medellín haciendo comparecer al Presidente de la República; obligar el gobierno a retirar tropas de ciertas zonas donde había enfrentamientos con el ejército; y que los magistrados estudiaran un proyecto de 52 páginas con demandas de contenido social.
La fecha acordada para la «toma» era el 18 de octubre, días en que François Mitterrand, Presidente de Francia se encontraría en Colombia. Sin embargo el día anterior dos milicianos fueron capturados en las cercanías del Palacio y sorprendidos con planos del edificio. Un anónimo llegado al Ministro de Defensa, indicaba que había una toma del Palacio en progreso. Algunos allanamientos después fue encontrado un cassette con la proclama que se leería durante la toma.
De inmediato fueron incrementadas las medidas de seguridad en el Palacio y sus alrededores. Medidas muy molestas que incluían la requisa a los mismos magistrados. El incremento en la seguridad hizo que el operativo «Antonio Nariño por los Derechos del Hombre», fuera postergado. De él se encargaría Luis Otero Cifuentes y Andrés Almarales Manga con un comando guerrillero que incluía otros cuarenta combatientes. Siendo que hacía dos meses había sido abatido Iván Marino Ospina en Cali, el comando decidió tomar su nombre para la compañía.
A las 11 y 35 minutos comenzaba la pesadilla.
20 años después, se sabe, murieron 95 personas, 14 desaparecieron y sobre las ruinas de la tragedia se levanta hoy otro Palacio de Justicia.
La voz del inmolado presidente de la Corte Suprema, magistrado Alfonso Reyes Echandía, sigue golpeándonos la conciencia: » Por favor, que cese el fuego para negociar con esta gente».
No hubo negociación.
El Estado optó por otras vías.
El presidente y los ministros recordaron que no
Adentro, el infierno, el caos, la humillación. La muerte.
Según los comandantes de la guerrilla del M-19 la toma buscaba juzgar el incumplimiento del Gobierno del presidente Belisario Betancourt a los acuerdos de paz.
El M-19 nació como consecuencia de las viejas dolencias nacionales cuando un grupo de jóvenes que venían de diferentes militancias optaron por constituirse en guerrilla para protestar por el supuesto robo en las elecciones presidenciales de 1.970 a lo que llamaron legítimo triunfo del general (r) Gustavo Rojas Pinilla.
Durante 26 horas el mundo asistió a la cruenta toma en pleno centro de la vieja Santa Fe de Bogotá.
Disparos, gritos, sesión urgente del Congreso a pocos pasos del Palacio, llamadas telefónicas desde distintos puntos de la tierra para buscar una mediación que no fructificó.
«Lo que narra el Dante en la Divina Comedia palidece ante lo que vivimos como rehenes…..Entre el humo del fuego y el incesante tableteo de las ametrelladoras, pasamos muchas horas en un baño como latas de sardina a la espera de la muerte «, cuenta Hayde Anzola una de las magistradas que se salvó del holocausto.
» Fue pavoroso», dice estremecido a 20 años del horror, el jurista Jaime Betancourt Cuartas, hermano del presidente que padeció el liderazgo de lo que los historiadores llaman » el más negro momento de la justicia colombiana en toda su historia».
Semi desnudos, abogados, escanógrafos, secretarias salen del Palacio precipitadamente por oleadas y con los brazos en alto quienes logran salir del infierno en que se ha convertido el austero edificio que acoge a la Corte y al Consejo de Estado.
A un joven oficial le encargan la misión de recuperar el Palacio y no vacila en advertir que » si me disparan, respondo».
Es célebre su frase cuando un periodista le pregunta por su misión:» Aquí defendiendo la Democracia, maestro».
El caos se instala en el Palacio ese miércoles 6 de noviembre.
Gritos desesperados de » no disparen», sobre vuelo de helicópteros, las llamas que todo lo consumen, los disparos que se oyen como única respuesta. La decisión del comando de no entregarse a una misión humanitaria y aceptar la oferta de un juicio imparcial y justo.Las discusiones entre un mar de palabras y gestos de los congresistas que condenan la toma y , los menos, la recuperación del Palacio.
La sobrecogedora afirmación de Carlos Martínez Saenz, jefe del Socorro Nacional, quien pudo jugar un papel más eficaz para salvar más vidas y no pudo: » Todo ha terminado. No hay nadie vivo en el interior».
26 horas después…magistrados, empleados, abogados y gentes del común eran un puñado de ceniza….
«La tragedia ha sido vivirla sin verla» , dijo secamente en 4 segundos Mario Peña, uno de los sobrevivientes.
Caballeros andantes

Justicia, justicia, justicia, es el grito de los colombianos