La situación, confiesa, le ha afectado profundamente, al punto de «enfermarla» y llevarla a cuestionar si la carrera que eligió fue la correcta o si realmente es una buena profesional.
«Mi situación no lo desvela, soy un número más, una cifra que aumenta o disminuye con el desempleo» .Así inicia su carta Karen Cabarcas G., una joven profesional bogotana con especialización, quien, tras once meses de graduada de pregrado y dos de posgrado, se enfrenta a la cruda realidad de la falta de oportunidades laborales en Colombia.
En su escrito, Cabarcas revela la frustración de ser una «novata en estas cuestiones del trabajo» sin la experiencia ni las «relaciones» que, según ella, parecen ser claves. Ha invertido un año completo en una búsqueda infructuosa, chocando con respuestas que la descolocan: algunas empresas alegan que su perfil es «demasiado alto» para sus recursos, mientras otras la descartan por «no tener suficiente experiencia», exigiendo un mínimo de dos años para los cargos a los que aplica.
La situación, confiesa, le ha afectado profundamente, al punto de «enfermarla» y llevarla a cuestionar si la carrera que eligió fue la correcta o si realmente es una buena profesional. El rechazo constante de las empresas ha sembrado dudas en su propia valía.
Su carta no es una queja, sino el desahogo de una «desempleada que tiene sueños, metas y anhelos». Una profesional que ahora entiende que la sociedad «presiona, juzga y exige», y que las oportunidades en Colombia son «escasas». A pesar de todo, Karen se aferra a la escritura, un hábito que había perdido por la tristeza, y que hoy recupera para expresar que, si se progresa, no es gracias a las «ayudas» que brindan las instituciones, sino a la propia lucha.
Su carta no es una queja, sino el desahogo de una «desempleada que tiene sueños, metas y anhelos».