Abusos y cinismo se dan por doquier. Me referiré apenas a lo que nos sucede hoy a quienes prestamos servicios profesionales de manera autónoma, es decir, por cuenta propia.
Jairo Cala Otero
Bucaramanga
Abusos y cinismo se dan por doquier. Me referiré apenas a lo que nos sucede hoy a quienes prestamos servicios profesionales de manera autónoma, es decir, por cuenta propia.
Últimamente se ha puesto en vigor la insana costumbre de irrespetar al ofertante de un servicio con la pretendida imposición de precios preestablecidos para su trabajo. Algunos «analistas económicos» inventaron el método de adelantársele al profesional que promueve sus servicios, con una advertencia perentoria: «Le pagaremos a tanto la hora». Y, enseguida, piden una propuesta ajustada a ese parámetro sobre el servicio que aquel ofrece.
Se produce así una especie de desprecio por el saber, por la preparación intelectual de quien promueve sus servicios y busca con ellos su sustento y el de su familia; y se concentra toda la atención en el tiempo. ¡Únicamente en el tiempo! Si bien este es valioso, no es lo más importante, ni lo fundamental en una transacción de servicios profesionales; considerarlo así es tanto como subrayar nada más la duración del trabajo, sin otorgarle ningún valor a la buena calidad de lo que se hace.
«Es que aquí trabajamos así»; «Pagamos a equis pesos la hora»; «No nos lucramos con el trabajo de los contratistas, apenas dejamos un pequeño margen para gastos administrativos», son, entre otras, las respuestas que se dan en el empeño de que uno acepte sus imposiciones respecto del precio por un trabajo. Es otra de las irrespetuosas arremetidas que se dan con el escudo de la opresiva «globalización»; en su nombre se atenta contra el libre ejercicio de cualquier profesión liberal, con un tufillo a «lo acepta, o hasta luego».
Aunque se esgriman esos argumentos, acuñados como recurso persuasivo para ver si uno cae en la nasa, es la voluntad (inalienable) de quien labora autónomamente la que decide; si ella es firme, se basa en la dignidad humana y contiene una buena dosis de autoestima, protegerá al profesional de las desventajas frente al valor de su saber, su experiencia y su capacidad para obrar.
En mi caso, cuando me hacen esas «ofertas» ─propuestas indecentes, casi ofensivas─ argumento que el tiempo es lo que en última instancia considero. Porque los valores por cobrar se basan en un 50 % en el conocimiento, un 30 % en el número de personas que se beneficiarán con el servicio y un 20 % en el tiempo de intensidad que tenga el servicio. De esa fusión de componentes debe salir un valor económico global. ¡Y eso es lo que se cobra! Las imposiciones, las desecho. Aunque sé que otros las aceptan; ellos se inclinan tanto, como José, que hasta el ojete se les ve, como decían los abuelos.
La contraparte tampoco está obligada a aceptar la firmeza de una tarifa profesional, que es defendida con decoro y vigor. Sencillamente, no hay trato, y punto. A eso lo llaman ley de libre oferta y demanda.
Lo aconsejable ─y esto vale para quienes padecen el sometimiento del pago por hora laborada, como algunos profesores universitarios─ es que uno tenga unas tarifas propias; que se mueva con autodeterminación, sin dejarse embaucar por argumentos de escasez de presupuesto, efectos de globalización o argucias similares. Como no está prohibido ofrecer servicios profesionales autónomamente, tampoco se tiene la obligación de aceptar tales respuestas indecorosas. La gran verdad es que mientras de tal modo se gana una bicoca, por cuenta propia se puede triplicar aquella suma de dinero.
Consejo útil: cuando le hagan una proposición para que preste un servicio con tarifa impuesta con base en el tiempo que dure aquel, diga que gracias; que lo que usted hace no es demandar la caridad pública para ganar su sustento, sino ofrecer servicios de buena calidad, y que, por ende, ellos se deben pagar bien.
La autoestima y la dignidad no se pueden ir desperdigando por ahí, como si fueran escombros de una explosión que arrasa con sus valores humanos.
