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TELESCOPIO

Diego Armando Maradona Franco  

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Los funerales de Diego Armando Maradona sirven para analizar el uso que se le da a una persona hasta mitificarla.

Maradona fue un excelente jugador. Su anotación con la mano y luego el golazo contra Inglaterra fue un homenaje a las víctimas de la Guerra de las Malvinas donde los argentinos fueron derrotados inmisericordemente por los hijos de la Gran Bretaña.

Argentina necesitaba desquitarse y ese partido les levantó el ánimo que tenían por el suelo.

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Los medios de comunicación, los empresarios futbolísticos, las ligas europeas y la mafia contribuyeron al endiosamiento de un personaje que sólo quería patear un balón.

El hombre entendió pronto que era una mercancía. Unos buscaban sintonía, otros negocios llenando estadios, unos más mostrándose como benefactores y el público saciaba así su sed de líderes.

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Cualquier palabra, movimiento, frase, caminata o salida a comprar el pan era motivo para un titular o una especulación.

Partidos que jugaba obligado, entrevistas que no deseaba dar, reuniones con personajes que no le gustaban le fueron compensadas con algún emolumento.

Lo usaron. Era el muñeco para mostrar. Todos querían una foto con él. Lo invitaban acá y allá y claro, él tenía una registradora al lado porque sabía que lo usaban unos para sus negocios, otro para su imagen política y otros más para vender cochinadas.

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El hombre no podía ni caminar, tenía en sus pies el precio de sus gambetas juveniles, pero los directivos del fútbol lo sacaban para que lo vieran los medios y entonces los llamados «influencer» se regodearon con sus comentarios, unos ácidos y otros mordaces.

Los muchachos, con ese afán de rebeldía, querían escucharle cualquier cosa. Unas veces en sano juicio y otras, alucinado, pero era Maradona.

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Son recordados esos videos en los cuales el pobre Maradona no puede ni hablar por sus problemas ya mentales, pero medios y redes sociales los repetían hasta el cansancio. Unos para notar lo mal que estaba y otros para juzgar, burlarse o encontrar seguidores.

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Sus funerales son un espectáculo de tristeza. Millones de personajes que lo endiosaron, lo idolatraron como un ser mítico no le dejaron si quiera descansar en paz. Impulsados por los influencer salieron a las calles a gritar, a protestar contra la vida, arriesgándose con la pandemia de Covid-19 que se regodeará en estos días con su placer de embestir a los más indefensos.

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Los políticos que lo llevaron sus campañas reburujan en sus archivos para «sacar pecho» como los pavos que se alistan para el Día de Gracias, pero no informan cuánto pagaron por ese momento de «pantallazo mediático».

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Cuentan que en una oportunidad el mítico jugador pregonaba a los cuatro vientos su afán de ateo. Entonces uno de los asesores del papa Juan Pablo II, le comentó: «Su santidad, Maradona, dice que Dios no existe». El pontífice lo miró incrédulo y le preguntó con cara de extrañeza y le dijo: «Dime, ¿quién es Maradona?».

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