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EL FANTASMA

Juanita Gómez

La pandemia lo cambió todo para Colombia. Quienes desarrollan los nuevos productos deben venir a otro país.

La diversión ha cambiado. La llegada de 2 millones de venezolanos y el paso hacia otros países de otro tanto han permeado las costumbres nacionales. Aumentaron no sólo las arepas amarillas, sino los nuevos deportes como el béisbol, la pelota caliente y otros. Han traído otros cambios gastronómicos y culturales.

La pandemia ocasionó un estado de encierro, de nuevas producciones, de cambios de escuchar y de producir música.

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Los noticieros de televisión, poco a poco, a la fuerza se han dado cuenta que hay otros colombianos. De pronto encontraron que había una Buenaventura, un Sincelejo o una Tunja.

Ha cambiado la forma de vestir. Ahora es menos rigurosa. La corbata prácticamente quedará para los pocos matrimonios o celebraciones de grado. Son tiempos de los jeans y las camisetas.

Los empresarios artísticos se acabaron, a las buenas o a las malas, porque no pueden organizar un concierto o no cuentan con dinero para hacerlos. Fracasaron los espectáculos por internet.

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La Covid-19 se va llevando a un buen sinnúmero de colombianos, deja vacíos enormes en las familias, en los grupos de amigos.

Todo ha cambiado. Las calles vacías se llenaron de grafitis y de destrozos por doquier con un paro indefinido.

Las universidades han cambiado o desaparecido. Se acabaron decenas de programas y muchas facultades le están diciendo adiós al futuro.

Las empresas se quedaron con un montón de bienes que no producen nada ni sirven para algo. Todo ha cambiado.

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Las canciones de la pandemia no han salido, aún no se conocen los verdaderos sentimientos de los compositores ni los nuevos ritmos. De pronto en las calles salen muchachos vivarachos con tambores, trompetas, panderetas, disfraces, pero aún no ha salido el género que transforme la mentalidad de las nuevas generaciones.

El reguetón ya es viejo. Ni hablar de porro, vallenatos, cumbias y baladas. Todo eso ya es prehistórico. No se conocen las nuevas tendencias porque los medios están estancados. La Radio se quedó en El mañanero y en programas juveniles hechos por locutores de 50 y directores de más de 60 años.

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El periodismo se ha transformado con las nuevas tecnologías y con los nuevos pensamientos en las redes.

La informalidad le hace daño a la cultura, la historia, la arquitectura como se vería en los años 80, pero ahora puede ser una riqueza para próximas generaciones.

La estética, tal como venía conociéndose, ha muerto.

El país, de pronto, descubrió que hay indígenas. Se tenían en el Cauca o en la selva. Se habían visto en documentales, pero aún no se ha interactuado con ellos. No se conoce su pensamiento, sus comidas, sus juegos, sus canciones.

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Todo ha cambiado. Hasta la política. Quienes hoy se consideran ganadores se llevarán las sorpresas en las urnas porque las generaciones no serán de clases sino de pensamientos.

Los partidos políticos quedaron reducidos a las elecciones para cumplir con un requisito, pero resultan obsoletos y anacrónicos para la realidad del país.

Los reinados llegarán a su fin porque ya las mujeres no serán vistas como simples objetos del deseo, sino como seres creativos y capaces de dominar al mundo.

Estamos en manos de los creadores.