Los colombianos son amantes de los últimos instantes y olvidan totalmente el pasado.
Si ahora gozan con los triunfos de Egan Bernal en Italia, muy pronto le estarán sacando en cara el por qué no gana el Tour de Francia o la Vuelta a España.
Eso ha pasado con todos los ciclistas que son lo que más glorias le han dado a Colombia. El fútbol, al que más bulla le hacen, sólo ha dado unas cuantas alegrías.
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Hace unos años el ídolo era Nairo Quintana. No lo cambiaban por nadie. Unos meses atrás era Rigoberto Urán.
Pero también lo fueron Lucho Herrera, Fabio Parra, Martín Emilio «Cochise» Rodríguez y 500 más. Grandes hombres valientes, aguerridos, decididos que han triunfado sin hacerle mal a nadie, sin envidias ni resentimientos.
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Este 26 de mayo debería de consagrarse como el Día del Ciclismo porque ese día nació don Ramón Hoyos Vallejo, en Marinilla, Antioquia, en 1932. Ese hombre, sin ayudas tecnológicas, sin uniformes especiales, con una bicicleta de muchos kilos, con unas vías empedradas compitió en la década de los cincuenta y principio de los sesenta y fue el ganador de 5 ediciones de la Vuelta a Colombia.
Sin sonrojarse, sin miedo, estuvo también en los Juegos Olímpicos de 1956, en los Campeonatos de Ruta y Pista, en los Juegos Panamericanos y en los Juegos Centroamericanos y del Caribe.
Era un duro.
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Se le conoció como Don Ramón de Marinilla. Fue la primera figura del ciclismo colombiano, encabezó la época de la hegemonía antioqueña, abrió los caminos de las glorias para decenas de jóvenes del país, era sonriente, emprendedor, dicharachero, buena persona, trabajador, honesto y fue al primero que bautizaron como «El escarabajo de la montaña» y de ahí en adelante a los pedalistas nacionales les califican así en las carreteras europeas.
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Durante años se paseaba por esas montañas en las competencias y se daba el lujo de descansar mientras los otros trataban de ascender esas indómitas lomas de las cordilleras colombianas.
Sólo hubo uno que le puso ritmo y se llamó Roberto Buitrago, a quien bautizaron como «Pajarito» y sacó la casta boyacense.
Fueron también los años dorados de la radio. Las vueltas a Colombia incrementaron el poder técnico de la radio. Por miles de maromas y cables hicieron posible que se transmitieran épica etapas. A veces, por las dificultades de los terrenos, los narradores y comentaristas se inventan la carrera, pero en las casas, talleres, cafeterías, fábricas y en los buses los colombianos seguían cada pedalazo. Eso sí era sintonía.
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Dos extranjeros: Carlos Arturo Rueda C y Julio Arrastía encontraron filones limpios, claros para formar unas carreras por el ciclismo.
Ellos dieron las primeras clases. Don Julio con su técnica y don Carlos Arturo con su poesía. Con sus narraciones le puso sobrenombres a todos los municipios y pueblos por los que pasó y hacía que la gente dejara sus labores en el campo, en las fábricas o en los colegios para salir al paso de los ciclistas.
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Don Ramón Hoyo se casó con doña María Cecilia Hurtado, tuvo cinco hijos, tres nietas.
El pintor y escultor Fernando Botero le dedicó una de sus obras que bautizó como «Apoteosis de Ramón Hoyos», en un cuadro de 1.72 metros de alto por 3.14 de ancho. Está en Dinamarca.
El 19 de noviembre del 2014, el corazón de don Ramón, después de amar con intensidad a Colombia, querer apasionadamente a su Antioquia del Alma, sentir la pasión del ciclismo y de entregarse a su familia por completo, se detuvo, pero siguió latiendo en las entrañas de la gente buena y noble de su patria.

