La belleza poética de la desolación de estas tierras que surgieron tras erupciones volcánicas en 1730 y 1736 no tiene comparación. El viajero puede recorrer este Parque Nacional a través de la Ruta de los Volcanes en vehículos acondicionados y contemplar, por ejemplo, 25 cráteres dormidos.
Viajero
Primicia Diario
Para entender la isla de Lanzarote, en el archipiélago canario, hay que despojarse de la idea tradicional de un paisaje costero. Aquí, el Atlántico no choca contra la arena dorada, sino contra un muro de silencio negro y rojizo. Viajar hacia las Montañas de Fuego, en el corazón del Parque Nacional de Timanfaya, es lo más cercano que un ser humano puede estar de caminar sobre la Luna o de presenciar los primeros días de la creación del planeta.
El paisaje no es fruto del azar; es la cicatriz abierta de una de las catástrofes volcánicas más devastadoras y, a la vez, poéticas de la historia de Europa. El 1 de septiembre de 1730, la tierra se rasgó. Durante seis años consecutivos, la isla vomitó fuego, ríos de lava incandescente y ceniza viva, sepultando pueblos enteros, vegas fértiles y transformando para siempre la fisonomía del territorio. El párroco de Yaiza de aquel entonces, Lorenzo Curbelo, lo dejó grabado en sus crónicas como el día en que «una montaña de fuego se levantó de la tierra».
El mar de lava petrificada
El viaje hacia el centro del parque se realiza a través de una carretera que serpentea entre malpaíses: campos infinitos de lava rugosa, retorcida y petrificada que adoptan formas casi humanas, como si las almas de la vieja isla hubiesen quedado atrapadas en la piedra. Los colores bailan en una gama imposible que va desde el negro absoluto hasta el ocre, el rojo encendido y el gris cenicienta, cambiando de tonalidad según la posición del sol y el capricho de las nubes.
Al llegar al Islote de Hilario, el punto más alto de la ruta, el viento ruge con fuerza y el aire huele de forma sutil a azufre. Es aquí donde el visitante comprende que el monstruo no está muerto, sino dormido. Apenas unos centímetros bajo los pies, la temperatura de las rocas alcanza los 100 °C, y a escasos metros de profundidad, el termómetro se dispara por encima de los 600 °C.
El truco de la naturaleza
Los guías del parque se encargan de recordar la furia subterránea mediante demostraciones que cortan la respiración. Introducen una ramita de aulaga seca en una grieta del suelo y esta estalla en llamas de forma instantánea. Segundos después, vierten un balde de agua fría por un tubo metálico clavado en la tierra; casi de inmediato, la presión del infierno interior la devuelve al cielo transformada en un ruidoso e imponente géiser de vapor de agua.
La huella de Manrique
En la cima del islote se erige el restaurante El Diablo, una obra maestra de la arquitectura orgánica diseñada por el célebre artista local César Manrique. Fiel a su filosofía de integrar el arte con la naturaleza sin agredirla, el edificio circular ofrece una panorámica de 360 grados sobre el sobrecogedor mar de cráteres.
El corazón del restaurante es su cocina: un horno-parrilla que aprovecha directamente el calor geotérmico que emana de las entrañas de la tierra. Allí, suspendidos sobre un pozo volcánico, se asan carnes y pescados con el único combustible del aliento del Timanfaya. Es la reconciliación del ser humano con el fuego que alguna vez lo destruyó todo.
El silencio del fin del mundo
El recorrido por la Ruta de los Volcanes, que solo se puede realizar en los autobuses autorizados del parque para preservar el frágil ecosistema de líquenes, es un ejercicio de contemplación absoluta. El silencio allí fuera es denso, casi místico. Se pasa junto a las bocas de los cráteres, se observan los tubos volcánicos colapsados y las dunas de arena negra (lapilli) que los lugareños llaman picón.
Lanzarote y sus Montañas de Fuego no son un lugar idílico de postal vacacional común; son un recordatorio crudo de la fragilidad humana ante el poder de la geología. Al abandonar el parque, con los zapatos cubiertos de un fino polvo oscuro, queda la extraña e inolvidable sensación de haber rozado, aunque sea por un instante, el núcleo vivo de la Tierra.