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TELESCOPIO

América al clasificar al octagonal, se convierte en uno de los equipos favoritos. 

 

Llega la final del fútbol colombiano y la Covid-19 lo sabe. Es más, se regodea sabiendo que vendrán más contagiados, más infectados y, desde luego, más muertes.

Es el camino sin regreso hacia el precipicio auspiciado por la voracidad de los dirigentes deportivos, los aplausos de los medios de comunicación y en especial de los comentaristas deportivos y la bestialidad de los hinchas.

No bastaron los desmanes de fin de año por el enfrentamiento de la final. Ciudades como Santiago de Cali y Bogotá sufrieron el azote de la mortal enfermedad que no perdona si es verde, azul, rojo, escarlata, vino tinto o a cuadrados.

Casi el 80 por ciento de los jugadores del actual rentado han padecido la enfermedad y ellos saben que las secuelas son grandes. Directores técnicos como el mismísimo «Bolillo» han padecido los quebrantos de salud y hasta el presidente de Santa Fe ha estado recluido en una clínica buscando formas para respirar.

Pareciera que a los amantes del fútbol no entendieran que el Covid-19 es mortal, que se contagia a través del aire, en las aglomeraciones, pero puede más la brutalidad que el raciocinio y no tiene justificación alguna que por ser hincha se atropelle a la demás ciudadanía que no tiene ni quiere velas en esos entierros.

Lo que pasó en Bucaramanga con el partido de América donde los fanáticos endiablados no sólo fueron a extender la epidemia, sino que destruyeron lo que encontraron a su paso. Las pérdidas son incalculables.

Los fanáticos no tienen control. Las barras de los equipos poco les importa si se contagian o expanden la enfermedad si son asintomáticos. Ellos no piensan sino en la forma para gritar, vociferar y expandir el mal.

Después de ver cómo sus equipos pierden, los hinchas salen a cantar a las calles el tema de Édgar Leandro que fuera un éxito tropical hace unos años, pero que ahora les hace vibrar sus endemoniadas venas y cantan: «Tú no debiste jugar, con mi tonto corazón, lo que has hecho con mi amor, te juro, pronto vas a pagar.  No estoy triste, no es mi llanto, es el humo del cigarrillo, que me hace llorar».

Inspirados en ese humo salen a golpear al hincha contrario, echar madrazos, romper buses, quemar almacenes y regar la Covid-19, la pandemia que está golpeando ya a los jóvenes fanáticos.

Las agremiaciones médicas, los centros hospitalarios, las entidades de salud han puesto el grito en el cielo, están cansados, quieren unos días para el descanso, pero sus lamentos no son escuchados en las cabinas de los comentaristas que agitan el coro de histéricos seguidores de fútbol.

Grave situación.

Ahora se planea una Copa América. Más contagios, más muertes. No se necesita ser Manuel Elkin Patarroyo para presagiar.