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TELESCOPIO

50 mil personas salieron en plena pandemia a pesar del toque se queda a observar la etapa de la vuelta a Colombia en Bogotá. Este evento que no tuvo control del gobierno, multiplicará el contagio de Covid.

Entre la terquedad y la realidad.

A los niños les dicen: «no toques la vela, porque te quemas». Igual se sabe que en minutos el chiquillo pegará el chillido. ¿Qué pasó? Metió no sólo los dedos, sino la mano. Los padres buscan ungüentos si el asunto no es grave, si el asunto es de urgencias, la situación pasa a mayores. Una cicatriz quedará de recuerdo para toda la vida.

Claro está que los niños crecen, se hacen jóvenes y siguen igual de tercos.«No fume eso que se envicia» y luego, con el paso de unos meses, el muchacho es un marihuanero de marca mayor y obvio, es tratado como enfermo y recibe todas las atenciones posibles de parte del Estado.

Y quienes siguen en la terquedad de no escuchar, pues terminan mal.

Desde hace más de un año se ha dicho que hay una pandemia, que se llama Covid-19 y que ha llevado a la muerte a 3 millones de personas y miles de millones más, han quedado con requiebros de salud. Sin embargo, la terquedad persiste y aunque se les diga que es necesario usar tapabocas, que no hay vacunas, que es indispensable guardar un distanciamiento, que se deben lavar las manos al menos unas 5 veces al día y les piden que no salgan a la calle para evitar los contagios, entra por un lado y sale por otro, como si se jugara a la ruleta rusa.

Nada. No se escucha. Después dicen que el mensaje fue mal enviado, que la culpa es del gobierno, del mandatario de la ciudad o, lo peor, que los médicos lo dejaron morir. Salen a relucir excusas con tal de no incriminarse ni de hacer un auto examen para analizar en dónde estuvo el error.

Colombia ocupa el octavo lugar en el mundo en contaminación. Y lo grave, sigue en ascenso.

Ayer  domingo, en Bogotá, millares de personas salieron a la carrera Séptima para ver la última etapa de la Vuelta a Colombia. Nada de distanciamiento social, nada de tapabocas, o, si lo llevaban, lo tenían en la frente, en la garganta o, en el bolsillo, por si «llegaba a preguntar un policía».

Lo cierto es que ya a los policías poco les importa si los tercos usan o no el protector. Igual, decenas de agentes se han infectado tratando de educar a quienes no desean contribuir con el bienestar general. En algunos sitios borrachos los han golpeado o les han atacado con pistolas.

¿Culpa del gobierno porque no hay vacunas? ¿Acaso las fabrican en Colombia? ¿Será que las hacen como haciendo empanadas? Se requieren dosis para 7 mil 500 millones de personas y se calcula que sólo en unos 36 meses, el 60 por ciento de la población tendrá la doble dosis, sin contar con que algunas vacunas requieren 3 inyecciones.

La terquedad, ligada a la estupidez, es difícil de manejar. Y no faltan los oportunistas populistas que mezclan política con salud. Resulta inaudito jugar con una situación de esta categoría en estos momentos.

Las Naciones Unidas, la Organización Mundial de la Salud, la Organización Panamericana de la Salud, la Unicef, la FAO y todos los estamentos mundiales le han solicitado a la población que se cuide, que colabore con las autoridades, pero la respuesta ha sido muy pobre.

En Bogotá, la alcaldesa, ante la urgencia, de manera inmediata levantó varias tiendas de campaña para ampliar las capacidades médicas, no obstante, muchas personas no han devuelto los tanques para el oxígeno y los productores no alcanzan con los pedidos, por ejemplo.

Los tercos no se han dado cuenta de la gravedad de la pandemia. En Barranquilla la pandemia se ha llevado a familias enteras. Ya el asunto no es sólo de afectación a los más viejos, ahora los enfermos son los jóvenes y los niños.

la Covid-19 existe. Es un mal que azota a la humanidad. Crece a diario. Contagia a millones cada 24 horas. Inunda hospitales. Desocupa estantes de farmacias. Acaba con la Economía. Es cuestión de evadirla, de cumplir con las medidas que aconsejan las autoridades médicas y dejar la política para otro momento.

El asunto no es con mensajes de bodegas ni de los llamados «influencer», es cuestión de prestar atención a los médicos y a los epidemiólogos. Ya se ha dicho bastante que no se meta el dedo en la vela, porque, muy posible, tendrá su quemón.