Portada de la revista Rolling Stone de los enfrentamientos en Popayán
Entre el odio, el rencor y el resentimiento se mueven estos primeros días del nuevo sistema de régimen que se impone a la fuerza en Colombia.
Se nota en el ambiente. Es sólo cuestión de salir a la calle. El joven ve con rencor al viejo y el viejo al joven. Más bronca entre pobres y ricos. Más resentimiento entre quienes pueden ir en carro y los que van a pie.
Hay quienes gozan con esta guerra. Se ríen. Los venezolanos que antes pedían limosna no saben a quién hablarles. El cantante de boleros se le reseca la garganta para entonar temas de Julio Jaramillo, Olimpo Cárdenas o Alci Acosta y no hay una sola moneda en el tarrito.
Si se prende el televisor para ver las noticias, los periodistas están en otra realidad. Ya no informan, opinan. Están asustados y cuando un comunicador está miedoso, no desarrolla su intelecto y dice cualquier cosa.
La clase política se mueve como camaleones para continuar con el nuevo esquema. Ha robado durante años, pero trata de inmiscuirse con nuevas propuestas y viejas amistades. Ellos saben cómo erosionar al erario. Lo han hecho por siglos. Son cínicos.
Los empresarios simplemente despiden a su personal. Ya no dan más. No aguantan la presión. Si no es el virus que mata a sus empleados, es el caos en las vías, la inseguridad y el desdén. Miran a ver cómo transforman los pesos en dólares y buscan nuevas opciones.
Los niños lloran en las calles porque no hay comida y pasan por su lado los cínicos, los que no dan soluciones y se ríen de la tragedia. Se ven por ahí riendo sintiendo placer de sadismo.
Los muertos ya no los dejan cremar y los coches fúnebres hacen fila para llegar al cementerio. Igual, pocos reclaman las cenizas de sus padres, abuelos, hermanos o familiares. Hay arrumes de cofres en los hornos crematorios.
La Covid-19 campea por las calles, autobuses y en las esquinas de docenas de mensajeros que esperan un llamado. No hay UCI, los hospitales están atestados. Los médicos clasifican a los enfermos para que reciban atención. Las enfermeras ya no sienten.
De pronto un gemido de una madre se escucha porque llora por la muerte de un hijo en una manifestación y exclama por la salud de su progenitora que agoniza en el tercer piso. Muerte por doquier.
La guerra es ahora en las calles. Todos contra todos. Qué tristeza.
No obstante, hay quienes se ríen de la desgracia de Colombia masacrada, azotada, humillada, secuestrada, agonizante y enferma.
Ya no hay canciones. Los compositores callaron sus voces y sus mentes para escribir relatos. Sólo esperan que vengan algunos días de descanso para escribir algo. La noche llega y los nuevos enfrentamientos comienzan. Las redes sociales se inundan de sevicia, sangre, animadversión, resentimiento y alegan con quienes no están de acuerdo con sus apreciaciones.
Hoy todos creen tener la razón, pero ninguno procede a levantar las banderas de la paz. Sólo el imbécil que se ríe del principio del fin.
