El señor Lara debería pensar seriamente en hacerse a un costado y en su reemplazo el presidente electo buscar alguien con las dotes que tanta falta le han hecho a su pretendido ministro del Interior.. Abelardo no puede arrancar su gobierno cojeando tan evidentemente ni mucho menos dejando montar híbridos entre caporales para que no lo dejen arrancar.
El porce
A la cabeza del grupo de nombrados para ejercer cargos ministeriales a partir del 7 de agosto el presidente electo puso a Rodrigo Lara Restrepo.
Fue el primer funcionario de ese nutrido gabinete en ser presentado ante la opinión pública y, en su calidad de próximo ministro del Interior, aparecía como el responsable de manejar las relaciones del futuro gobierno con el Congreso.
Las flores por su nombramiento opacaron su perfil temperamental y su advertible desprecio por ejercer su responsabilidad.
Pero el 20 de julio, cuando llegó la hora de elegir a los presidentes del Senado y Cámara, se ha dejado conocer el cobre muy fácilmente y la estruendosa derrota que les pegaron los senadores coaligados del Pacto Histórico y del uribismo indica muy a las claras que en esa tramoya no hubo director de orquesta ni mucho menos el conciliador que un enfrentamiento de pavos reales requería.
Por el contrario, armado tan solo con su característico desprecio hacia los demás, no fue capaz de poner de acuerdo a los congresistas de la derecha sino que los precipitó en las ávidas manos del Pacto Histórico consolidando una mayoría que derrumbó las ingenuas aspiraciones del novato político que es Abelardo.
Ante un resultado tan rimbombante y una inhabilidad tan precisa para el momento más significativo del comienzo de un cuatrenio, el señor Lara debería pensar seriamente en hacerse a un costado y en su reemplazo el presidente electo buscar alguien con las dotes que tanta falta le han hecho a su pretendido ministro del Interior.
Abelardo no puede arrancar su gobierno cojeando tan evidentemente ni mucho menos dejando montar híbridos entre caporales para que no lo dejen arrancar.
No es hora de vanidades y orgullos. Gobernar no es solo satisfacer ambiciones añoradas.
Gobernar es también reconocer las equivocaciones y enmendarlas rápida y prudentemente.
