Mientras Paloma Valencia encarna la continuidad institucional y el rigor del uribismo tradicional, Abelardo De la Espriella irrumpe como un «outsider» que cuestiona la vigencia del expresidente Uribe. El abogado toma distancia de su antiguo mentor, alegando que el liderazgo actual sacrifica lealtades por una estructura política desconectada de la realidad nacional.
Javier Sánchez
Política
La escena política colombiana de 2026 asiste a una grieta sin precedentes en los sectores de la derecha. Lo que tradicionalmente fue un bloque monolítico bajo la égida de Álvaro Uribe Vélez, se encuentra hoy en una abierta confrontación de identidades y estrategias. La disputa enfrenta la continuidad institucional de Paloma Valencia, abanderada del Centro Democrático, contra la irrupción de Abelardo de la Espriella, quien encabeza una corriente de corte radical e independiente.
El choque de lealtades
El punto de inflexión se produjo tras el respaldo explícito de Uribe a la senadora Valencia, a quien definió como la «luz para la Patria». Esta bendición política fue recibida como una afrenta personal por los simpatizantes de De la Espriella. El abogado, históricamente autodenominado el «hijo adoptivo» y defensor jurídico más férreo del exmandatario, se ha visto desplazado en la línea de sucesión política, lo que sus seguidores califican como una «traición histórica» a quien más protegió el prestigio del líder.
La narrativa del «montaje»
Una base joven, ajena a las formas de la derecha tradicional y alineada con un discurso de ruptura, ha transformado el debate en redes sociales. Estos sectores impulsan la teoría de una supuesta alianza entre Álvaro Uribe y su antiguo adversario, Juan Manuel Santos. Según esta narrativa, ambos exmandatarios habrían pactado para favorecer la candidatura de Paloma Valencia y bloquear el avance de la «derecha verdadera», encarnada por De la Espriella. Argumentan que el establecimiento busca una figura moderada que conserve el statu quo, en lugar de un perfil que prometa reformas estructurales profundas.
Hostilidades en la sombra
Pese a que los protagonistas mantienen un lenguaje diplomático frente a los micrófonos, la confrontación subterránea es implacable. Desde las filas de De la Espriella se cuestiona con dureza la trayectoria legislativa de Valencia, extendiendo las críticas a su entorno familiar. Por su parte, el expresidente Uribe ha debido intervenir personalmente para defender a su candidata de lo que denomina «ataques injustos» y una preocupante «canibalización» interna que pone en riesgo la unidad necesaria frente a los sectores de izquierda.
Dos visiones para una misma orilla
La divergencia no es solo de nombres, sino de conceptos. Mientras Valencia representa la institucionalidad, el rigor legislativo y la defensa orgánica del uribismo, De la Espriella se posiciona como el «outsider» que apela a la «Patria Milagro». El jurista ha tomado una distancia emocional de su mentor, sugiriendo en medios de comunicación que Uribe se equivoca al «quemar» a sus aliados más leales por sostener una estructura política que, a su juicio, ya no conecta con la realidad nacional.
Lo que inició como una búsqueda de favor político ha derivado en una guerra de identidades. En este complejo tablero, el intento de Uribe por consolidar el voto en una sola figura se enfrenta a una generación que ve en la moderación una forma de claudicación, llegando incluso a difundir teorías de conspiración sobre pactos secretos con el «santismo» para explicar el complejo presente de su movimiento.