Opinión, TOP

LA PATRIA

San Juan Pablo II

 

Hernán Alejandro Olano García.

Miembro Correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua.

Cumpliéndose cuarenta años de la peregrinación del papa polaco a Colombia, se llevó a cabo una sesión solemne en la Academia Colombiana de la Lengua, donde se estudió, por parte del profesor Bogdan Piotrowski el poema sobre la patria de San Juan Pablo II, donde el poeta mitrado, incluye este refrán: «Cuando pienso patria, busco el sendero que divide los flancos de la montaña como un cable de alta tensión sobre las alturas. Así corre la patria, abrupta, en cada uno de nosotros, sin permitir detención alguna». ¿Nos preguntamos, a propósito del mes de la patria, cómo reciben esa figura poética los derechos humanos? Esa pregunta pone en diálogo la poesía con la filosofía política y los derechos humanos.

Considero que, en ese pasaje, san Juan Pablo II utiliza una imagen poética: la patria no es solo un territorio, sino un camino que atraviesa la vida interior de las personas. La frase citada sugiere que la pertenencia a la patria es una realidad dinámica, exigente y constitutiva de la identidad.

Desde la perspectiva de los derechos humanos, esa figura puede recibir distintas interpretaciones:

  • En sentido positivo, es compatible con la idea de que toda persona tiene derecho a una nacionalidad, a una identidad cultural y a participar en la vida de su comunidad. La patria entendida como memoria, lengua, historia y cultura puede ser un bien que contribuye al desarrollo de la dignidad humana.

  • Como fuente de solidaridad, la imagen de un camino compartido puede inspirar responsabilidades mutuas entre los ciudadanos: el bien común, la cooperación y el cuidado de las generaciones futuras. Esto armoniza con la visión de los derechos humanos, que no solo reconocen derechos, sino que también implican responsabilidades hacia los demás.

  • Como límite, los derechos humanos recuerdan que el amor a la patria no puede justificar la vulneración de la dignidad de otras personas. Si la patria se absolutiza hasta situarla por encima de la persona, pueden surgir conflictos con principios fundamentales como la igualdad, la libertad de conciencia, la no discriminación o los derechos de quienes pertenecen a minorías o son extranjeros.

En el propio pensamiento de Juan Pablo II, estas dos dimensiones suelen aparecer unidas.

Él escribió también que el patriotismo es una forma de amor, pero distinguió el patriotismo del nacionalismo excluyente: el primero ama la propia patria respetando la igual dignidad de las demás naciones y pueblos.

Así, desde un enfoque de derechos humanos, la metáfora no se interpreta como una obligación de subordinación incondicional al Estado, sino como una expresión literaria de la identidad y del vínculo con la comunidad política y cultural. Esa lectura es compatible con el principio central de los derechos humanos: la patria está al servicio de la persona y de su dignidad, no la persona al servicio absoluto de la patria.

En ese sentido, la imagen del «sendero» puede entenderse como un llamado a recorrer una historia compartida, siempre que ese camino permanezca abierto al respeto de la libertad, la diversidad y la dignidad de todos quienes forman parte de la comunidad humana.