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La Samacá: UN ALMACÉN QUE TAMBIEN ES MEMORIA

Como uno de los pocos comercios históricos de Tunja, el Almacén La Samacá representa el orgullo y arraigo cultural de Boyacá. Su permanencia en el tiempo resguarda la identidad local y mantiene vivo un pedazo fundamental de la memoria colectiva.

 

 

 

Hernán Alejandro Olano García

En una época en la que las grandes superficies, las cadenas comerciales y las compras por internet parecen haber uniformado las costumbres de consumo, resulta reconfortante encontrar lugares que aún conservan el alma de las ciudades. En Tunja, uno de esos espacios es el Almacén La Samacá, un establecimiento que supera ampliamente la condición de negocio comercial para convertirse en un verdadero símbolo de identidad, tradición y memoria colectiva.

Fundado el 2 de febrero de 1913, en plena Plaza de Bolívar, La Samacá ha acompañado durante más de un siglo la vida cotidiana de generaciones de boyacenses. Su sola existencia constituye una lección de historia. Mientras numerosos establecimientos tradicionales han desaparecido víctimas de la modernización, los cambios en los hábitos de consumo o las transformaciones urbanas, La Samacá permanece como uno de los pocos comercios históricos que aún sobreviven en la capital boyacense.

Su nombre evoca la tradicional manta Samacá, elaborada en lana y ampliamente apreciada por su calidad y abrigo. Durante décadas, campesinos, comerciantes y familias enteras acudieron al almacén en busca de ruanas, mantas, sombreros, paños, botones, agujas, hilos y toda clase de artículos indispensables para la confección y el vestido tradicional. Allí se encontraba aquello que parecía imposible de conseguir en cualquier otro lugar.

Un punto de referencia en la memoria afectiva

Pero el valor de La Samacá no radica únicamente en los productos que ha vendido. Su importancia se encuentra en lo que representa para la memoria afectiva de Tunja. Por sus puertas han pasado miles de personas provenientes de todas las provincias de Boyacá. Los días de mercado, las fiestas religiosas, las celebraciones familiares y los acontecimientos cívicos de la ciudad tuvieron en este almacén un punto de referencia obligado.

Muchos tunjanos recuerdan todavía la tradicional «vuelta al perro» alrededor de la Plaza de Bolívar, cuando el centro histórico era escenario de encuentros, conversaciones y relaciones humanas que hoy parecen pertenecer a otro tiempo. En ese recorrido, La Samacá ocupaba un lugar especial. Sus gruesas puertas de madera, sus antiguos candados y la atención personalizada detrás del mostrador evocaban una forma de comercio basada en la confianza, el respeto y la cercanía.

Identidad que sobrevive al tiempo

En realidad, La Samacá es mucho más que un almacén. Es una institución social y cultural, regentada por los descendientes de Luis Alejandro Acevedo Puentes y de doña Pachita, Ana Francisca Montañez Becerra. Sus muros han sido testigos silenciosos de procesiones religiosas, desfiles patrióticos, campañas políticas, transformaciones urbanas y celebraciones populares. Ha visto pasar generaciones enteras y ha permanecido allí, observando cómo cambia la ciudad sin renunciar a su esencia, resumida en su popular dicho popular: «Si faltaba un botón, en La Samacá está la solución».

Por eso resulta necesario valorar y proteger estos espacios. Las ciudades no se construyen únicamente con edificios modernos o centros comerciales. También se edifican con recuerdos, símbolos y lugares capaces de conectar el presente con el pasado. Cuando desaparece un establecimiento tradicional, no solo cierra un negocio; se pierde una parte de la historia compartida.

Tunja conserva pocos comercios con la trayectoria, el arraigo y la significación cultural de La Samacá. Su permanencia constituye un motivo de orgullo para la ciudad y para Boyacá. En sus estanterías, en sus mostradores y en sus viejas paredes aún resuena el eco de una ciudad que aprendió a crecer sin olvidar sus raíces.

Mientras La Samacá siga abierta, Tunja conservará un pedazo vivo de su memoria.