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LA VELOCIDAD DE LA INDIGNACIÓN

Los rumores infundados y la viralidad sin pruebas en las plataformas digitales actúan como un tribunal sumario capaz de sepultar reputaciones en minutos. Esta velocidad de la indignación colectiva anula las garantías procesales mínimas, transformando el chisme en un detonante de linchamientos y tragedias irreparables.

 

Wilson Ruiz Orejuela

Vivimos en una sociedad crecientemente acelerada, donde todo acontece en tiempo real. Las noticias irrumpen al instante, las opiniones se configuran en minutos y las redes sociales han investido a cada ciudadano con el rol triple de reportero, comentarista y, con preocupante frecuencia, de juez.

No cabe duda de que las plataformas digitales han reportado ingentes beneficios. Han viabilizado la denuncia de injusticias, expuesto abusos corporativos e institucionales y visibilizado realidades que antes yacían confinadas al ostracismo. Gracias a estas herramientas, innumerables víctimas han hallado una voz resonante y diversas autoridades se han visto compelidas a actuar frente a flagelos que, de otro modo, habrían permanecido en la impunidad.

Sin embargo, la misma inmediatez que democratiza la información entraña un riesgo sistémico. En la actualidad, una acusación sindicada puede atomizarse por todo el territorio nacional en cuestión de minutos. Una fotografía descontextualizada, un fragmento de video o un relato eminentemente parcial poseen la capacidad de desencadenar una ola de indignación colectiva, un linchamiento digital capaz de sepultar la reputación de un individuo mucho antes de que las autoridades competentes inicien una investigación formal.

Es aquí donde se torna imperativo formular una reflexión tan incómoda como necesaria. El pueblo colombiano padece un hastío histórico. Estamos extenuados de constatar la violencia sistemática contra los menores; hastiados de escuchar crónicas de abuso, explotación y maltrato infantil; agobiados al ver cómo la infancia termina secuestrada por criminales que merecen el más severo castigo punitivo. Este cansancio colectivo explica la visceralidad y el vigor con que reaccionamos cuando se percibe que la integridad de un niño está en vilo.

Lo acontecido recientemente ilustra con precisión esta compleja realidad. El caso del ciudadano extranjero señalado por un presunto abuso contra un menor en el norte de Bogotá provocó una catarsis inmediata en las plataformas digitales. Millones de ciudadanos consumieron las imágenes y estructuraron un veredicto casi instantáneo. Ante la indefensión infantil, las emociones legítimas suelen imponerse de forma implacable sobre cualquier consideración racional.

No obstante, con el transcurrir de las horas, comenzaron a emerger testimonios, versiones contrapuestas y elementos probatorios que obligaron a revisar minuciosamente lo que al principio se asumió como una verdad axiomática. Más allá del dictamen definitivo que arroje el debido proceso, el episodio nos lega una máxima indeleble: del afán solo queda el cansancio.

El tribunal de las redes sociales carece de jueces investidos, no posee fiscales orientados por la objetividad ni ofrece garantías procesales mínimas. En la arena virtual no impera la presunción de inocencia ni el derecho a la defensa; impera, en su defecto, una capacidad ilimitada para amplificar las pasiones humanas. Cuando la emotividad masiva sustituye a la evidencia fáctica, el peligro de perpetrar una injusticia irreparable se torna inconmensurable.

La ciudadanía debe mantener una postura de vigilante alerta; es su deber denunciar cualquier indicio sospechoso y exigir de las instituciones una respuesta perentoria. Pero es crucial comprender que denunciar no equivale a condenar. La salvaguarda de la niñez exige una firmeza inquebrantable, pero también una responsabilidad mayúscula. De lo contrario, corremos el riesgo de suplantar el valor de la justicia por el imperio de la viralidad.

Acaso el mayor desafío de nuestra era consista en hallar el justo equilibrio entre la legítima indignación y la prudencia analítica. Una sociedad que guarda silencio cómplice frente a los abusos claudica moralmente; pero una sociedad que condena sumariamente y sin pruebas sustanciales, socava los cimientos mismos del Estado de derecho.

Los colombianos tenemos razones de sobra para la indignación frente a quienes vulneran a nuestra infancia. Lo que no podemos permitir es que el dolor nos despoje de un principio jurídico y humano fundamental: la verdad debe ser establecida por el rigor de los hechos y las pruebas, y jamás por la velocidad con la que circula un algoritmo en una red social.