El proceso de paz en el Pacífico Sur ha logrado una histórica reducción del 92% en los homicidios, priorizando la vida sobre el conflicto técnico. Este desescalamiento ha frenado la deserción escolar, permitiendo que cientos de jóvenes regresen a las aulas en un entorno de renovada esperanza institucional.
Miguel Herrera Arciniegas
En las profundidades de Nariño, donde el verde de la coca se confunde con el horizonte, se libra una batalla silenciosa pero contundente: la de la paz territorial. En un recorrido por veredas como Las Mercedes y Chimbuza, la realidad golpea con un contraste asombroso. Bajo un calor que supera los 40 grados, delegados del Gobierno Nacional, países garantes y la Coordinadora Nacional Ejército Bolivariano se sientan a rediseñar el futuro de una región que por décadas solo conoció el lenguaje del estruendo.
«La panela de la paz»
El epicentro de esta transformación se vive en la Laguna de Chimbuza, municipio de Roberto Payán. Allí, las disidencias han pasado de la confrontación a la gestión de infraestructura, reduciendo trayectos de siete horas a tan solo dos mediante vías construidas con la comunidad. En este escenario surge una iniciativa emblemática: el proyecto panelero.
Hombres y mujeres jóvenes, antes destinados a la guerra o al raspado de hoja, hoy visten prendas que rezan: «Haciendo panela, hacemos paz». El objetivo es ambicioso pero claro: sustituir 30.000 hectáreas de coca (repartidas entre Nariño y Putumayo) por cultivos de caña y cacao. El gobernador de Nariño, Luis Alfonso Escobar, lo define como un modelo de hechos, no de palabras: la transformación real de una economía ilícita en una de subsistencia digna.
El reto de Inda Sabaleta y el «oro blanco»
No todo es transición fluida. En el resguardo indígena de Inda Sabaleta, uno de los enclaves con mayor densidad de cultivos ilícitos en el país, el ambiente respira la complejidad del narco. Entre discotecas con nombres alusivos a la cultura de los carteles y una economía que fluye con la rapidez de los giros bancarios, la mesa de diálogo enfrenta su mayor «papa caliente»: la sustitución efectiva.
«Queremos ver cómo se empiezan a arrancar las matas de coca… necesitamos ver cacao y caña», enfatizó Armando Novoa, jefe de la delegación gubernamental, tras suspender temporalmente el séptimo ciclo de negociaciones a la espera de compromisos más robustos sobre el número de hectáreas a erradicar.
Un balance que salva vidas
Más allá de las tensiones en la mesa, las cifras en el territorio hablan por sí solas. El proceso de paz territorial ha logrado lo que años de confrontación no pudieron: una reducción del 92% en los homicidios en la subregión del Pacífico Sur.
Este desescalamiento de la violencia ha devuelto la esperanza a las aulas. Katherine Rincón, docente local, relata cómo la deserción escolar se ha revertido: de una institución que languidecía con apenas 200 alumnos tras la guerra, hoy los jóvenes regresan masivamente a estudiar. Como bien resume la delegación del Gobierno, este proceso, por encima de los acuerdos técnicos, tiene un fin supremo: salvar vidas en el territorio.