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El último compás de la cantora de Talaigua: HASTA SIEMPRE, TOTÓ

Sonia Bazanta Vides, inmortalizada en el firmamento artístico como «Totó la Momposina».

 

 

 

Óscar Javier Ferreira Vanegas

El folclor colombiano se ha quedado sin su voz más telúrica y universal. Desde la población mexicana de Celaya, donde pasaba sus días arropada por el afecto de su hija Angélica y sus nietos, se confirmó la partida de la gran maestra Sonia Bazanta Vides, inmortalizada en el firmamento artístico como «Totó la Momposina». A los 85 años, la cantora y bailarina que llevó los latidos del río Magdalena a los escenarios más exigentes del planeta apagó su voz, dejando un vacío irremplazable en el alma de la nación, pero consolidando un legado ancestral que ya es patrimonio de la humanidad.

Nacida el 15 de agosto de 1940 en Talaigua, Bolívar —enclave perteneciente a la histórica Mompox—, la vida de Totó estuvo marcada desde la infancia por el éxodo. Su familia, de arraigo liberal, debió huir de la violencia bipartidista en una verdadera hégira que los llevó por Villavicencio y Barrancabermeja, hasta asentarse definitivamente en el barrio Restrepo de Bogotá. Allí, en el taller de zapatería de su padre, floreció un oasis cultural; la residencia de los Bazanta Vides se transformó en el epicentro de la resistencia musical del Caribe en la capital, un templo improvisado donde alternaban titanes de la talla de José Barros, Leonor González Mina, Aníbal Velásquez, Pacho Galán, Luis Enrique Martínez y Los Gaiteros de San Jacinto.

De la herencia del río a la consagración en La Sorbona

Llevar el ritmo en las venas era un mandato divino para Sonia. Su abuelo Virgilio fue un eximio clarinetista que dirigió la banda de Magangué; su padre Daniel dominaba la percusión y su madre Livia oficiaba como cantora y bailarina. Tras un debut memorable en el programa televisivo «Acuarelas costeñas», el talento indómito de Totó captó la atención institucional, abriéndose paso hacia Europa. Instalada en París por un lustro, la maestra se matriculó en la célebre Universidad de la Sorbona para estudiar Historia de la música, Coreografía y ritmo, alternando la academia con giras magistrales que deslumbraron al público de Polonia, Suecia, Yugoslavia y la Unión Soviética.

Su consagración histórica ante los ojos del mundo ocurriría en 1982. Por invitación expresa de Gabriel García Márquez, Totó lideró la delegación artística de Colcultura que encendió la gélida Estocolmo durante la entrega del Premio Nobel de Literatura. «Gabito» se ufanó con orgullo de recibir el galardón máximo de las letras rodeado por la magia de las cumbias y los vallenatos que brotaban de los tambores de la cantora. A su regreso al país en 1987, su presencia se hizo indispensable en certámenes como el Festival de la Cumbia en El Banco, Magdalena, de la mano de su entrañable amigo, el maestro José Barros.

Galardones, la batalla contra el silencio y el adiós

La industria internacional no fue indiferente a su genialidad. En 2006 fue laureada con el prestigioso Premio WOMEX; en 2007 recibió el Premio Nuestra Tierra como personaje de la década; en 2011 el Ministerio de Cultura de Colombia le otorgó el Premio Vida y Obra, y en 2013 alcanzó la cumbre discográfica al recibir el premio Grammy a la Excelencia Musical. Sin embargo, en las ironías más profundas del destino, el epílogo de su carrera artística estuvo marcado por la afasia, un trastorno del lenguaje que limitó su capacidad de comunicación verbal, pero que jamás logró apagar la música interior que gobernaba su ser.

Quienes tuvimos el privilegio de compartir con ella durante la efervescencia de los años setenta —en las tablas de la Media Torta, en los sets de grabación de la televisión en blanco y negro y en las arenas del Festicumbia— fuimos testigos de una amistad entrañable y de un orgullo racial inquebrantable. Hoy, Colombia rinde honor y gloria a su matriarca. El cielo la recibe en su reino, y la eternidad ya retumba al son de la gaita del maestro Lara, los tambores ancestrales y el millo inconfundible de Ramayá. Hasta siempre, Totó.